No hay triunfo sin renuncia, victoria sin sufrimiento y libertad sin sacrificio.
martes, 20 de noviembre de 2012
Hundiendo tristezas...
Sumerjo la cabeza en aquella tina de agua helada. Se despiertan mis sentidos.
Mi propósito es olvidar hasta el más mínimo detalle de aquella tormenta, pero como una paradoja, se intensifica el recuerdo.
Es como una especie de ritual en el que yo soy el sacrificio. Solo puedo sentir el rozar de las ásperas cuerdas que rodean mis manos, puedo sentir como hieren mi piel al ascender por mis brazos y como se encuentran los extremos en mi cuello para ahogar el grito desesperado que estaba apunto de arrojar y que ahora se atora en mi garganta y concluye como un hueco en el estomago.
Me incorporo y acerco mi cara al cristal de una ventana; miro hacia afuera, ahí en donde nada parece importar, y soy afortunado al notar caer, entre la oscuridad, una de las primeras gotas de una tormenta gigante . Cierro mis ojos un instante y cuando los abro de nuevo, el espectáculo ha cambiado: miles de balas de agua golpean el vidrio y producen un sonido perturbador que alegra y molesta a mis oídos al mismo tiempo. Exijo a mi mente ignorarlo pero es imposible pues el constante golpeteo lo ha hecho rítmico y adictivo. No me queda opción, así que tomo un candelabro y lo aviento contra la noche. Un sonido estrepitoso acaba con aquella melodía que comenzaba a dañarme .
El viento helado choca contra mi cara y congela cada gota que resbala sobre mi mejilla. Estoy calado hasta los huesos y cada vello de mi piel esta erizado. Creo que esta sensación me agrada. Ahora me siento bien.
Entonces dos manos me toman de mi desnudo torso y sacan mi cuerpo de la bañera, puedo aún sentir mi cabello empapado que cubre mis párpados. Mi cuerpo está tendido sobre el suelo y...gritos, muchos gritos.
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