Escribí esto cuando estaba en el segundo año de la prepa para un concurso al que nunca entré. Espero les agrade.
Diálogos con La muerte
No encuentro una
explicación a esto que estoy sintiendo. Es extraño. Demasiado extraño. Sé que estoy triste, pero no sé por qué. Sé que amo, pero no sé a
quién. Sé que estoy lejos, pero no sé de
dónde.
La última imagen que tengo en mi mente es la de mi madre llorando y mi padre
abrazándola. Cuando mis ojos captaron
aquella escena, una soledad acompañada de tranquilidad entró en mi cuerpo.
Estaba agotado. Más tarde mis párpados me vencieron y cerré los ojos. No supe
que lapso de tiempo pasó antes de despertar
en aquél lugar tan desconocido para mí, como es tan desconocido el mundo para un niño que
acaba de nacer.
Era una especie de bosque. Estaba vacío y tan silencioso
que hubiera podido escucharse el sonido de un alfiler al caer. Predominaba un
olor a hierba marchita; los árboles estaban casi secos, permitiendo que sus
ramas distinguieran miles de bifurcaciones. Una ola de frio penetró en mi
cuerpo y me caló los huesos. Justo cuando echaba una mirada panorámica, los vellos
de mis brazos se erizaron. Cuando volteé al lado contrario pude ver la silueta
de alguien. Me estremecí. Aquella forma me aceleró el corazón, pero una fuerza
extraña me impulsó a acercarme. Cuando estuve cerca me percaté de que era una
mujer de espaldas, noté sus ropas blancas y su larga cabellera. El ambiente se tensó y me torné de un estado
de duda a uno de temor. Envuelto en una capa de miedo, pregunte:
-¿Dónde estoy?- Un hormigueo recorrió cada rincón de mi
delgado cuerpo. Aquél humano, si es que lo era, no respondió.
Repetí mi pregunta. Esta vez estaba más ansioso que
asustado.
-¿Dónde estoy?- el tono de
mi voz delató mi inseguridad, pero dio a notar mi impaciencia por obtener una
respuesta.
Pasó un tiempo indefinido. Las aves emitieron un sonido
que perturbó mis oídos, el viento rompió algunas ramas y una helada brisa movió
las hojas secas del suelo. Por fin obtuve una respuesta.
-Nadie recibe dos oportunidades- la voz de aquella mujer
era extraña, aunque al escucharla me sentí hipnotizado-; piensa bien lo que
elegirás- se levantó y me impuso ante su magna belleza.
-¿Qué?- pregunté -no entiendo nada de lo que me habla-Esta
vez estaba más desesperado por escuchar la voz que por obtener respuesta.
-Te encuentras a menos de un instante de morir- la forma
de decirme aquello fue lúgubre-. Yo soy La muerte- aquél ser levantó la mano e
hizo una reverencia.
Al escuchar las últimas dos palabras me paralicé. Mi alargado
rostro palideció. Luego le lancé una mirada incrédula y lleno de terror
pregunte:
-¿Qué es lo que tengo que elegir? -bajé la cabeza- ¿En
verdad eres quien dices ser?
-¡Quiero que mires esto!- la mujer se acercó y tomó mi
mano. Una nueva sensación me atacó. De pronto me sentí como en un sueño; aunque
dudé si puedes soñar mientras sueñas;
porque para mí todo lo que acababa de suceder no era más que eso, un
simple sueño. De pronto vi la película de lo que fue mi último fragmento de
vida y supe porque me encontraba en ese lugar tan gris:
…Corría huyendo de unos ladrones. Calles atrás, habían intentado
quitarme mis cosas, sin embargo me opuse y logré huir. Doblé en la esquina más
próxima intentando deshacerme de ellos, pero me encontré con algo totalmente
inesperado: el cañón de una pistola.
-Alto, les daré todo- dije.
Inexplicablemente habían logrado burlarme.
-Ya no queremos tus
cosas- aquella voz tenía sed de venganza-, lo que queremos es acabar contigo- otros
dos hombres me tomaron de mis brazos y
quedé indefenso.
La angustia se adhirió a mí ser y comencé a
sudar. Antes de poder rehusarme se
escuchó un disparó. No me dio dolor alguno; más bien sentí un profundo calor
que abrazaba mi estómago. Todo fue absolutamente rápido que no me dio tiempo de
gritar. En una fracción de segundo me encontraba en un cuarto blanco: era el
hospital…
En menos de un pestañeo estaba de nuevo en aquél tétrico
lugar. Mis ojos no daban crédito a lo que acaba de ver.
-Ahora lo entiendes todo- me dijo La muerte-. Te he dado
la oportunidad de elegir. Puedes morir o vivir- Hizo énfasis en la última
oración.
-No lo entiendo- declaré-. ¡Por supuesto que quiero
vivir!
-Recuerda que todo tiene un precio- me contestó-. No es
tan sencillo.
-¿Precio?- dudé. Aquella
situación me intrigaba; por un momento me sentí al borde de la locura. No era
posible que esto fuera real. Después de un instante de silencio continué:
-Está bien, ¿Cuál es el
precio?
-Mi designio es llevar a alguien conmigo- contestó -. Las
cosas que quieras en la vida, se obtienen con esfuerzo y tal vez con algunos
sacrificios. La muerte es diferente, no importa lo que hagas, si el destino lo
escribió, el mismo destino lo ejecutará. Soy una fiel servidora de él- hizo una
pausa, y continuó-; sí quieres vivir, alguien a quién amas se irá conmigo, en
cambio, sí eliges morir, solo sufrirá por tu partida.
No supe que responder. Cualquiera hubiera decidido morir,
pero yo dudé. Pensé en que tenía que dar mucho más de lo que ya había dado. No
sabía quién se iría, pero fuera quién fuera no me importaba; lo único que me
interesaba en ese momento era poder vivir. Reflexioné. Llegué a la conclusión
de que algo tuvo que sucederme en el pasado, pues no creo que me hubieran
elegido al azar para pasar una prueba así. Pensé un poco más y pregunte:
-¿Por qué a mí?- el tono de mi voz hizo que aquella
pregunta pudiera interpretarse como un reclamo.
-Efectivamente, tal y como supones, te elegí por algo que
sucedió en tu pasado- se defendió La muerte.
Pude descubrir que la encargada de mi desdicha podía saber todo lo que pasaba por mi mente. Estuve
a punto de resolver que quería vivir, pero ella dijo algo más y me interrumpió:
-Antes de que elijas, quiero decir algo: El verdadero amor hacia una persona se demuestra cuando somos capaces de dar todo por ella. No importa lo que haya sucedido en el pasado. El rencor no existe entre dos personas que se aman- antes de decir su última frase, alzó la voz-. Todas las personas que te aman, darían su vida por ti.
Inmediatamente supe que se refería a mi madre. Fue en el
pasado cuando me peleé con ella. Aquella discusión había ocasionado que nos
distanciáramos por más de cinco años, sin embargo, cuando entré a la
universidad supe que estaba en un gran error y corrí a pedirle perdón; ambos
nos disculpamos e intentamos llevar un futura buena relación.
-El perdón es un sentimiento que solo existe en las personas que son felices, que se aman a
sí mismas y que aman a los demás- me
dijo La muerte y me sonrió-. Ahora, ¡es
tiempo de que elijas!- me apresuró.
En ese momento se esfumó la duda. Estaba totalmente
seguro de mi respuesta.
Una fuerte ráfaga de aire sacudió el esqueleto de los
árboles y terminó por limpiar el terreno de aquellas hojas muertas. Comenzó a
llover; por un momento supe que aquellas nubes negras lloraban de tristeza porque
un ser invaluable partía del mundo terrenal hacia un mundo espiritual. En ese
instante expulsé de mi cuerpo todo lo mundano. Me sentí liberado y satisfecho
conmigo mismo. Descubrí que La muerte era un ser bueno y que se había portado
como toda una amiga.
-Creo que pocos tienen el privilegio de conocerte en persona
antes de partir a tu lecho- le dije.
-Ciertamente- me respondió a la vez que me estrechaba su
mano.
-Es hora de irnos- supe que esas serían mis últimas
palabras. Di un suspiro y le agradecí con una inclinación de cabeza.
Una enorme paz atravesó mi
alma. Entendí que en aquél frío hospital estarían llorando por mi partida, por
un instante me sentí nostálgico, aunque me reconforté al saber que el cielo solo
sería un lugar de descanso y que mi nuevo hogar sería en el corazón de todos
los seres que me amaban.
Estaba listo. La muerte se acercó y me envolvió en su
velo. Sería un viaje largo, así que me puse cómodo. Pronto arribaría a la
próxima estación: El eterno descanso.